Tres manos


Hablamos de internet como de un espacio abierto, casi de un bien común; un lugar sin dueño por el que cualquiera circula. Y en la superficie lo parece. Pero debajo, la infraestructura que lo sostiene —donde viven los datos, donde se entrena la inteligencia artificial, donde ocurre el cómputo— cabe en muy pocas manos. Tres, para ser exactos.

En el primer trimestre de 2026, tres empresas —Amazon, Microsoft y Google— concentraban el 63% del mercado mundial de infraestructura en la nube. Casi dos de cada tres. La cifra baila algún punto según el trimestre y quién la mida, así que conviene fecharla, pero el orden de magnitud no se mueve: la base material de casi todo lo digital está en un puñado de proveedores, y casi ninguno es europeo.

Esto no es una teoría de la conspiración, es un dato de mercado. Y me importa por lo que significa culturalmente, que es lo mío. Quien controla la infraestructura no controla solo servidores: controla, en buena medida, qué se hace fácil y qué se hace difícil, qué circula y qué se hunde, qué formas de crear encuentran acomodo y cuáles rozan siempre a contrapelo. No hace falta que nadie censure nada. Basta con que la arquitectura favorezca unas cosas sobre otras, calladamente, por diseño.

Europa ha empezado a moverse —fábricas de IA, marcos de nube soberana, leyes de datos—, y está bien que lo haga, aunque queda lejísimos de la autonomía que proclama. Lo primero, en todo caso, es ver las tres manos. Lo que se nombra se puede discutir. Lo que se da por aire, no.


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