Lo que guarda una lista de reproducción
Busca una lista de canciones que hicieras hace diez años y verás algo que ninguna foto de entonces te da. La foto te muestra cómo eras. La lista te devuelve cómo estabas: qué te dolía, de quién andabas enamorado, qué querías que sonara mientras fingías que no pasaba nada.
Las listas son diarios que llevamos sin darnos cuenta de que los llevábamos. Nadie apunta en ellas una confesión, y sin embargo lo confiesan todo. El orden de las canciones, la que repetías, la que pusiste al final y nunca supiste bien por qué. Una arqueología emocional entera cabe en veinte títulos que en su momento parecían solo música para el trayecto.
Lo curioso es que no las hacíamos para eso. Las armábamos para una fiesta, para correr, para un viaje en coche. El registro sentimental se coló de contrabando, sin permiso, mientras creíamos que solo elegíamos canciones.
Por eso, cuando la reencuentras, no escuchas una lista: te escuchas a ti. Cada una es un autorretrato que no sabíamos que estábamos pintando.
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