Lo que hacen los animales cuando el día se apaga


España entra en una rareza astronómica poco común: tres eclipses solares en años seguidos, empezando este. Se ha hablado mucho de dónde verlos y con qué gafas. Se habla menos de quienes los viven sin saber qué son: los animales. Cuando la luz cae de golpe en mitad del día, muchos reaccionan como si llegara la noche. Los pájaros callan o vuelven a dormir, el ganado se recoge, los grillos arrancan, algunas flores se cierran. Durante unos minutos, el campo entero se cree anochecido.

Hay algo conmovedor en esa obediencia. El animal no sabe que es un eclipse; sabe que la luz se ha ido, y hace lo que la luz le ordena. No interpreta: responde. Y nosotros, que sí sabemos lo que pasa, nos quedamos en una posición curiosa —entendiendo el fenómeno y, a la vez, sintiendo ese mismo escalofrío antiguo que el saber no llega a apagar del todo—. Quizá por eso un eclipse emociona tanto: durante dos minutos nos devuelve, sin pedir permiso, a una manera de mirar el cielo que creíamos haber dejado atrás. Y descubrir que seguimos sintiéndolo, debajo de todo lo que sabemos, no da miedo: reconforta.


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